19.5.08

Me voy por donde he venido

Este es mi post número 99, estoy a un paso del número 100 que será por cierto una explicación que le tengo pendiente a muchos. Este blog se llama ¿Dónde andarán los jilgueros?, aunque estoy seguro que muchos se refieren a él, sólo como ‘el blog de utópico’ Pero bueno, en el post número cien contaré el origen del nombre de este blog. Comencé este blog hace un año y dos meses, y la verdad estoy muy satisfecho con el mismo, me ha llevado a conocer y compartir con gente de todas partes del globo, particularmente en los países de habla hispana. Este post sin embargo, hace de oportuno confesionario.

A veces pienso que son cosas mías, pero creo que hay coincidencias en la vida, bastante interesantes, comento algunas de ellas. De todas las frutas que hay, las mandarinas están entre mis favoritas. Por muchas razones, principalmente porque han ido ocupando lugares muy particulares de mi memoria, todos ellos bastante solitarios y nostálgicos. Hace un año exactamente me encontraba comiendo mandarinas a la orilla de un lago en Georgia. Me encontraba en una casa de campo totalmente alejada de la pequeña ciudad que visitaba, algunos amigos preparaban una parrillada y yo estaba invitado. No estaba solo, es decir había gente alrededor mío, pero me sentía solo. Me retire un rato a caminar por el bosque, la casa de campo tenía su propia laguna, y decidí darle una vuelta entera. Cuando llegué al lado opuesto, me senté sobre un par de piedras y me dispuse a comer las dos mandarinas que lleve en mi bolsillo, las comí con muchísimo gusto, pero me sentí totalmente desolado, necesitaba alguien con quien compartir mis mandarinas, alguien con quien caminar a la orilla de esa laguna, y que al tomar mi mano me diga que está conmigo sin siquiera decirlo, pensé en hablar con el lago, decidí subir encima el tronco de árbol caído que se hallaba cerca de mí y me puse a cantar un poco mientras trataba de equilibrarme, luego me recosté en el suelo, y me dije a mi mismo que hubiera sido muy lindo el compartir ese momento con una persona especial, y juntar mis labios con sus labios y que dejemos el uno en la boca del otro el sabor de las mandarinas. Más lindo hubiese sido el lago si hoy su recuerdo me traería una sonrisa y un silencio cómplice…

No pensé en esto sino hasta hace unos meses, cuando fui abordando una ciudad de Bolivia que conozco tan sólo mínimamente, buscaba recuerdos que me hablen de ella, de sus calles, o aceras, de sus parques y plazas, de la manillita artesanal que compre en un pasaje peatonal cuyo nombre jamás podría recordar. Corría el año ’98 y estaba de viaje en Sucre. Lo que más viene a mi cabeza son las casas todas blancas y antiquísimas, una ciudad pequeña, un árbol grande en la recoleta, al que le di vueltas… la casa de la libertad, la Glorieta, y los otros lugares turísticos. Y también recuerdo las mandarinas, es absurdo, lo sé. Pero hace unos meses el recuerdo del absurdo vino a mí con mucha claridad. Estábamos Ronald, Iván y yo en uno de las aceras de la plaza central de Sucre, viendo como la gente daba vueltas alrededor, comiendo justamente mandarinas, charlando sobre sabe dios qué, pero comiéndonos las mandarinas. Lo recuerdo bien porque compramos las mandarinas en el mercado, mientras buscábamos las artesanías y recuerdos que llevaríamos a Cochabamba. Las comimos con mucho gusto, de algún modo todo aquello regreso hace unos meses a mi memoria, mientras cantaba una canción de Savia Andina muy linda que dice, ‘cantando con mi guitarrita, te recordare, chuquisaqueñita!’ y de pronto las imágenes de Sucre se hacían mucho más claras… han pasado tantos años de esa visita, y aunque regresé un par de veces, sólo recuerdo bien la primera vez, quizás son las mandarinas, que aparecen en momentos oportunos y resaltan minutos de mi recuerdo.

Hay otros momentos en los que las mandarinas han aparecido en mi vida. Es ridículo pensar todo esto, y no es que coma siempre mandarinas, porque la verdad como muchas más naranjas, pero es que siento que ha habido momentos clave en las que he comido mandarinas, y su aroma siempre ha estado ahí, habitándome, recorriendo conmigo caminos distantes. Fueron por ejemplo la única fruta que lleve conmigo cuando me regresaba del Perú a Bolivia a pie por el desaguadero, y las comí sentado frente al lago Titicaca, mirando como desaparecía el sol en el horizonte cristalino del lago. Comí mandarinas mientras trataba imaginaba el cuento del cometa y el cosmonauta absurdo, algo que aún no me explico, pero que sin duda me parece raro. He comido mandarinas en muchos lugares, pero las he comido en lugares particularmente agradables, en los que a pesar de haber sido un solitario andaba lleno de regocijo.

Esta que sigue es sin duda una confesión mayor, los límites de lo que aquí puedo decir, no serán desgastados con el tiempo, y el espacio distinto no carcomerá los sentidos de estas palabras, es decir, los muros en los que estas letras se encierran, no son prisión sino refugio. Necesito una mujer mandarina. No una mujer perfecta, llena de cualidades y repleta de condiciones. Sino más bien una mujer compleja, impenetrable, imperfecta, desconcertante, libre y ante todo cómplice. Un alguien que este conmigo en los momentos clave, que comparta atardeceres de lago, que juegue conmigo al equilibrista en los troncos caídos de cualquier bosque, que se lance en caminatas de montaña, que regrese (de vez en cuando) conmigo a mi país (a pie si es necesario), que me lleve a conocer la ciudad blanca y recorramos juntos esas calles, que sea capaz de inspirarme cual cometa, que me mire absurdo y yo la mire absorto. Que sepa alzar vuelo de vez en cuando y recorra otros cielos, para que regrese pronto a mi lado y me lo cuente todo, incluso lo difuso de sus pesadillas. Que sepa también que a mí me gusta alzar vuelo y regresar agotado, cansado de aletear sin llegar a ningún lugar, regresar al refugio de sus alas de hada, de sus labios de fuego. Que quiera deambular por todos los continentes, y que dejemos huellas infinitas… ¡Ay Mandarina mía! ¿dónde estás?

Te confieso mandarina, donde quiera que estés, qué he pensado mucho en vos, que es probable que mi pensamiento te idealice de vez en cuando, que dibuje en mis ojos tu sonrisa melódica, que dibuje con mis manos tu cuerpo eterno, y te llene de besos y de caricias. Luego recorro mi desconcierto y me doy cuenta de lo imperfecta que eres, y me gustas más todavía. No a pesar de tus defectos y errores, sino justamente porque me fascinan tus tropiezos, y me encanta saberte humana, y reconocerte llena de vida, de embrollos, y desesperos. Debo decirte también que espero encontrarte pronto, un día sin duda alguna, agarrarte de la mano y decirte cuanta falta me has hecho, y que juntos nos comamos las mandarinas. Decirte además que yo también soy un ser complejo, lleno de miedos y conflictos varios. A vos mandarina, sacudí tus alas, y alza vuelo… quiero encontrarte en el firmamento, y saltar en dirección tuya… no tengas miedo deja que nos encontremos….

16.5.08

¡Todo está perdido!

Hoy desperté a las cinco y treinta de la mañana…
Desperté emocionado!
Minutos después todo se desvanecía…

Te invito a ponerte tus zapatillas de ballet,
Para invitarte cordialmente,
A que te vayas de puntitas, a la mierda!

(Con el perdón de las putas, porque lo que sigue no va contra ellas, y sólo uso el concepto detrás de la palabra)

¡Hoy eres la más puta de todas las putas!


A vos habitante de mi nostalgia… no te preocupes, y divertité al máximo!! Aquí estaré esperándote con los sándwiches de queso… Se que son tus favoritos… ante tanta confusión y nerviosismo, olvidé ponerlos en tu bolso…

Tres cronopios y un fama se asocian espeleológicamente para descubrir las fuentes subterráneas de un manantial. Llegados a la boca de la caverna, un cronopio desciende sostenido por los otros, llevando a la espalda un paquete con sus sandwiches preferidos (de queso). Los dos cronopios-cabrestante lo dejan bajar poco a poco, y el fama escribe en un gran cuaderno los detalles de la expedición. Pronto llega un primer mensaje del cronopio: furioso porque se han equivocado y le han puesto sandwiches de jamón. Agita la cuerda y exige que lo suban. Los cronopios-cabrestante se consultan afligidos, y el fama se yergue en toda su terrible estatura y dice: NO, con tal violencia que los cronopios sueltan la soga y acuden a calmarlo. Están en eso cuando llega otro mensaje, porque el cronopio ha caído justamente sobre las fuentes del manantial, y desde ahí comunica que todo va mal, entre injurias y lágrimas informa que los sandwiches son todos de jamón, que por más que mira y mira, entre los sandwiches de jamón no hay ni uno solo de queso.

(Julio Cortazar)

13.5.08

Paul Auster: La Habitación Cerrada

Recuerdo que hace un par de años leí la Trilogía de Nueva York de Paul Auster, me quedé muy entusiasmado con el libro este. Me alegro mucho haberlo encontrado en castellano, porque así lo puedo compartir aquí. Les dejo un pedazo de una de las novelas, si alguien tiene interés en la novela (en pdf) se la haré llegar.



Mi primer paso fue ponerme en contacto con Stuart Green, editor en una de las mayores editoriales. No le conocía muy bien, pero nos habíamos criado en la misma ciudad y su hermano menor, Roger, había ido al colegio con Fanshawe y conmigo. Supuse que Stuart se acordaría de quién era Fanshawe y me parecía una buena manera de empezar. Me había encontrado a Stuart en varias reuniones a lo largo de los años, quizá tres o cuatro veces, y siempre se había mostrado amable, hablando de los viejos tiempos (como él los llamaba) y prometiendo darle recuerdos míos a Roger la próxima vez que le viera. Yo no tenía ni idea de qué podía esperar de Stuart, pero pareció bastante contento de oírme cuando le llamé.

Quedamos en vernos en su oficina una tarde de aquella semana.

Tardó unos momentos en situar el nombre de Fanshawe. Le sonaba, dijo, pero no sabía de qué. Estimulé su memoria un poco, mencioné a Roger y sus amigos, y de pronto cayó en la cuenta.

—Sí, sí, claro —dijo—. Fanshawe. Aquel niño tan extraordinario. Roger solía insistir en que acabaría siendo presidente.

Ese mismo, dije, y luego le conté la historia.

Stuart era un tipo bastante remilgado, un tipo de Harvard que llevaba corbatas de pajarita y chaquetas de tweed, y aunque en el fondo era poco más que un ejecutivo, en el mundo editorial pasaba por ser un intelectual. Le había ido bien hasta entonces —era editor jefe con poco más de treinta años, un trabajador joven, sólido y responsable— y no había duda de que continuaría ascendiendo. Digo todo esto únicamente para demostrar que no era persona automáticamente receptiva a la clase de historia que le estaba contando. Tenía muy poco de romántico, muy poco que no fuera precavido y práctico, pero noté que estaba interesado, y a medida que yo continuaba hablando, incluso parecía excitado.

Tenía poco que perder, por supuesto. Si el trabajo de Fanshawe no le gustaba, le sería muy fácil rechazarlo. Los rechazos eran la esencia de su trabajo y no tendría que pensárselo dos veces. Por otra parte, si Fanshawe era el escritor que yo decía que era, publicarlo sólo podría contribuir a la reputación de Stuart. Compartiría la gloria de haber descubierto a un genio americano desconocido y podría vivir de ese golpe de suerte durante años.

Le entregué el manuscrito de la novela larga de Fanshawe. Al final, le dije, tendría que ser todo o nada —los poemas, las obras de teatro, las otras dos novelas—, pero aquélla era la obra más importante de Fanshawe y me parecía lógico que empezásemos por ella. Me refería a El país de nunca jamás, por supuesto. Stuart dijo que le gustaba el título, pero cuando me pidió que le describiera el libro, le contesté que preferiría no hacerlo, que pensaba que sería mejor que lo descubriera por si mismo. Levantó una ceja como respuesta (un truco que probablemente había aprendido durante el año que pasó en Oxford), como dando a entender que no debía jugar con él. Que yo supiera, no estaba jugando a nada. Era sólo que no quería forzarle. El libro se encargaría de eso, y yo no veía ninguna razón para negarle entrar en él indefenso: sin mapas, sin brújula, sin nadie que le llevase de la mano.

Tardó tres semanas en llamarme. Las noticias no eran ni buenas ni malas, pero parecían esperanzadoras. Probablemente tendríamos suficiente apoyo de los editores para sacar el libro adelante, dijo Stuart, pero antes de tomar la decisión definitiva querían echar una ojeada al resto del material. Yo ya esperaba aquello —cierta prudencia, andar con pies de plomo—, y le dije a Stuart que pasaría por su oficina para llevarle los manuscritos la tarde siguiente.

—Es un libro extraño —me dijo, señalando el manuscrito de El país de nunca jamás sobre su mesa—. No es en absoluto la típica novela, ya me entiende. No es típico en nada.

Aún no está claro que vayamos a publicarlo, pero si lo hacemos, estaremos corriendo cierto riesgo.

—Lo sé —dije—. Pero eso es lo que lo hace interesante.

—Lo que es una verdadera pena es que Fanshawe no este disponible. Me encantaría poder trabajar con él. Hay cosas en el libro que deberían cambiarse, creo yo, ciertos pasajes que deberían suprimirse. Eso haría que el libro fuese aún más fuerte.

—Eso no es más que orgullo de editor —dije—. Les resulta difícil ver un manuscrito y no atacarlo con un lápiz rojo. La verdad es que creo que acabará usted por encontrarles sentido a las partes que ahora no le gustan, y se alegrará de no haber podido tocarlas.

—El tiempo lo dirá —dijo Stuart, nada dispuesto a darme la razón—. Pero no hay duda, no hay duda de que el hombre sabía escribir. Leí el libro hace más de dos semanas y no me ha abandonado desde entonces. No puedo quitármelo de la cabeza. Me acuerdo de él una y otra vez, y siempre en los momentos más extraños. Al salir de la ducha, andando por la calle, cuando me estoy metiendo en la cama por la noche, siempre que no estoy pensando conscientemente en nada. Eso no sucede muy a menudo, usted lo sabe. Lee uno tantos libros en este trabajo que todos tienden a mezclarse. Pero el libro de Fanshawe destaca. Hay algo poderoso en él, y lo más raro es que ni siquiera sé qué es.

—Probablemente ésa es la verdadera prueba —dije—. A mi me sucedió lo mismo. El libro se te graba en el cerebro y no puedes librarte de él.

—¿Y qué me dice del resto de su obra?

—Es lo mismo —dije—. No puedes dejar de pensar en ella.

Stuart meneó la cabeza, y por primera vez vi que estaba sinceramente impresionado.

No duró más que un momento, pero en aquel instante su arrogancia y su pose desaparecieron repentinamente, y me encontré casi deseando que me agradase.

—Creo que tal vez hayamos descubierto algo importante —dijo—. Si lo que usted dice es verdad, creo que realmente hemos encontrado algo importante.

Así era, y según se comprobó luego, quizá aún más importante de lo que Stuart había imaginado. El país de nunca jamás fue aceptado ese mes, con una opción sobre los otros libros. Mi veinticinco por ciento del anticipo fue suficiente para comprarme algún tiempo, y lo empleé en preparar una edición de los poemas. También fui a visitar a varios directores de teatro para ver si les interesaría montar las obras. Finalmente, también eso salió bien y planeamos estrenar tres obras de un acto en un pequeño teatro del centro unas seis semanas después de que se publicara El país de nunca jamás. Mientras tanto, persuadí al director de una de las principales revistas para las que yo escribía en ocasiones de que me dejase escribir un artículo sobre Fanshawe. Resultó un texto largo y bastante exótico y en ese momento pensé que era una de las mejores cosas que había escrito. El artículo tenía que aparecer dos meses antes de la publicación de El país de nunca jamás, y de repente me pareció que todo ocurría a la vez.

Reconozco que me dejé atrapar por todo ello. Una cosa llevaba a la otra y, antes de que pudiera darme cuenta, se había puesto en marcha una pequeña industria. Era una especie de delirio. Me sentía como un ingeniero, apretando botones y tirando de palancas, corriendo de las válvulas a los circuitos, ajustando una pieza aquí, diseñando una mejora allí, escuchando cómo el artefacto zumbaba, resoplaba y ronroneaba, olvidado de todo lo que no fuera el estrépito de mi invento. Yo era el científico loco que había inventado la gran máquina mágica, y cuanto más humo salía de ella y más ruido hacía, más feliz estaba yo.

Quizá eso era inevitable; quizá tenía que estar un poco loco para embarcarme en ello.

Dado el esfuerzo que me había supuesto reconciliarme con el proyecto, probablemente era necesario que equiparase el éxito de Fanshawe con el mío propio. Había tropezado con una causa, algo que me justificaba y hacía que me sintiese importante, y cuanto más plenamente me sumergía en mis ambiciones para Fanshawe, más nítidamente me veía a mí mismo. Esto no es una excusa; es simplemente una descripción de lo que sucedió. La visión retrospectiva me dice que estaba metiéndome en líos, pero en aquella época yo no era consciente de ello. Es más, aunque lo hubiera sido, dudo que hubiera hecho algo diferente.

Debajo de todo ello estaba el deseo de permanecer en contacto con Sophie. A medida que pasaba el tiempo, se convirtió en algo perfectamente natural que yo la llamase tres o cuatro veces por semana, para almorzar con ella, para dar un paseo por la tarde en su barrio con Ben. Le presenté a Stuart Green, la invité a conocer al director de teatro, le busqué un abogado para que se ocupara de los contratos y otros asuntos legales. Sophie aceptó todo esto con naturalidad, considerando aquellos encuentros más como ocasiones sociales que como conversaciones de trabajo, dejándole claro a la gente que veíamos que yo era quien tomaba las decisiones. Intuí que estaba decidida a no sentirse en deuda con Fanshawe, que, sucediera lo que sucediera, ella continuaría guardando las distancias. El dinero la hacía feliz, por supuesto, pero nunca lo relacionó realmente con el trabajo de Fanshawe. Era un regalo inesperado, un billete de lotería premiado que le había caído del cielo, y eso era todo. Sophie vio a través del torbellino desde el principio. Comprendió el fundamental absurdo de la situación, y como no era avariciosa, como no tenía ningún impulso de aprovechar su ventaja, no perdió la cabeza.

Me esforcé mucho en mi cortejo. Sin duda mis motivos eran transparentes, pero quizá eso fue lo bueno. Sophie sabía que me había enamorado de ella, y el hecho de que no me abalanzase, de que no la obligase a declarar sus sentimientos hacia mí, probablemente contribuyó más que ninguna otra cosa a convencerla de mi seriedad. Sin embargo, yo no podía esperar eternamente. La discreción tenía su función, pero demasiada discreción podía ser fatal. Llegó un momento en que noté que ya no estábamos empeñados en un combate, que las cosas se habían asentado entre nosotros. Al pensar ahora en ese momento, me tienta utilizar el lenguaje tradicional del amor. Deseo hablar con metáforas de calor, de fuego, de barreras que se derriten ante pasiones irresistibles. Soy consciente de lo ampulosos que pueden sonar estos términos, pero al final creo que son exactos. Todo había cambiado para mí, y palabras que nunca había comprendido, súbitamente empezaron a tener sentido. Aquello fue una revelación, y cuando finalmente tuve tiempo de absorberla, me pregunté cómo había podido vivir tanto tiempo sin aprender aquella sencilla verdad. No estoy hablando de deseo tanto como de conocimiento, del descubrimiento de que dos personas, a través del deseo, pueden crear algo más poderoso de lo que ninguna de ellas podría crear sola. Ese conocimiento me transformó, creo, e hizo que me sintiera más humano. Al pertenecer a Sophie, empecé a sentir como si perteneciera a todos los demás. Resultó que mi verdadero lugar en el mundo estaba más allá de mí mismo, y si estaba dentro de mí, también era ilocalizable. Era el diminuto espacio entre el yo y el no yo, y por primera vez en mi vida vi esta nada como el centro exacto del mundo.

Era el día en que yo cumplía treinta años. Conocía a Sophie desde hacía aproximadamente tres meses y ella insistió en que lo celebráramos. Yo estaba reacio al principio, ya que nunca había dado mucha importancia a los cumpleaños, pero el sentido de la ocasión de Sophie acabó venciéndome. Me compró una cara edición ilustrada de Moby Dick, me llevó a cenar a un buen restaurante y luego a una representación de Boris Godunov en el Met. Por una vez, me dejé ir, sin intentar explicarme mi felicidad, sin intentar anticiparme a mí mismo o maniobrar mejor que mis sentimientos. Quizá estaba empezando a percibir una nueva audacia en Sophie; quizá ella me estaba dejando saber que había decidido por sí misma, que ya era demasiado tarde para que ninguno de los dos se echara atrás. Fuese lo que fuese, aquélla fue la noche en que todo cambió, en la que ya no hubo ninguna duda respecto a lo que íbamos a hacer. Regresamos a su apartamento a las once y media, Sophie pagó a la soñolienta canguro y luego entramos de puntillas en la habitación de Ben y nos quedamos allí un rato viéndole dormir en su cunita. Recuerdo claramente que ninguno de nosotros dijo nada, que el único sonido que yo oía era el leve gorgoteo de la respiración de Ben. Nos inclinamos sobre los barrotes y estudiamos la forma de su cuerpecito, tumbado boca abajo, las piernas encogidas, el trasero levantado, dos o tres dedos metidos en la boca. La escena pareció durar largo tiempo, pero dudo que fuese más de un minuto o dos. Luego, sin previo aviso, ambos nos erguimos, nos volvimos el uno hacia el otro y empezamos a besarnos. Después de eso, me resulta difícil hablar de lo que sucedió. Estas cosas tienen poco que ver con las palabras, tan poco, en realidad, que casi parece inútil tratar de expresarlas. En todo caso, diría que

estábamos cayendo el uno en el otro, cayendo tan rápido y tan lejos que nada podía pararnos.

De nuevo, recurro a la metáfora. Pero probablemente no se trata de eso. Porque que pueda o no pueda hablar de ello no cambia la verdad de lo que sucedió. El hecho es que nunca hubo un beso igual, y dudo que en toda mi vida vuelva a haber un beso igual.

8.5.08

En el balance, ¿quién ganó y quién perdió el 4 de mayo?

Los dejo con este artículo que, a mi parecer, presenta una postura con la que estoy muy de acuerdo. Después de todo, en Bolivia, después del domingo 4 de mayo, todo vale.

El 4 de mayo los autonomistas abrieron una Caja de Pandora de la que todavía no son conscientes. Le regalaron dos jugadas ganadoras al ejecutivo.

Iacta alea est. Llegó por fin el tan augurado 5 de mayo. Y con sus también muy augurados resultados. La suerte ha sido echada. Se ha terminado de configurar el tablero que todos anticipábamos. La Cosa Nostra de tres cabezas (la Prefectura, el Komité y la CDE) montó su onerosa encuestilla para la Automanía (remedo de autonomía de y para los habitués de la desaparecida discoteca), mostrando con ello que, incluso en pleno siglo XXI, incluso en plena era de la información, los procedimientos elementales que garantizan la limpieza y transparencia de cualquier evento electoral pueden pasarse por alto con la misma facilidad con que en el latifundio oriental se olvida que el trabajo debe pagarse con salario.

El protagonista del 4 de mayo supone que, después de su jugada, sólo queda una alternativa: la negociación de un nuevo Estado. ¿Los negociadores? El gobierno central y las 4 autoridades departamentales automaniacas, por supuesto. En esto coinciden los dones más importantes de la Cosa Nostra, fundamentalmente Don Urenda y Don Klinsky. De hecho, la jugada del 4 de mayo fue una brillante medida de presión en esa dirección. Es distinto negociar un régimen automaniaco con un estatrucho aprobado (sin mucha decencia electoral) que sin él. Evidentemente la de la Cosa Nostra fue una apuesta más que arriesgada, y no sólo por lo limítrofe con la sedición. Y como se dice en el póker o en el tardocapitalismo financiero, mientras más arriesgada la apuesta, más altos los réditos.

Los primeros réditos no anduvieron nada mal. El domingo en la noche el presidente convocó a los prefectos a un diálogo por “una verdadera autonomía”, reconociendo con ello a las autoridades departamentales como los actores e interlocutores válidos para la negociación y construcción de una nueva institucionalidad estatal. Con semejante jugada (la del reconocimiento), el gobierno pierde a corto plazo al menos dos pulsetas. Primero, si el nuevo Estado debe negociarse con los prefectos, éstos constituyen autoridades legítimas, incluso para crear ordenamientos políticos departamentales. Segundo, si el nuevo régimen de autonomías se negocia sólo con las autoridades departamentales, pierden carácter de actor e interlocutor legítimo las otras instancias territoriales autónomas que el proyecto de nueva CPE quiere crear. Para crear un régimen autonómico a la medida del gobierno y no de los departamentos, el ejecutivo tendría que convocar (reconocer como interlocutores) también a provincias, municipios y TICOs (Territorios Indígena Campesino Originarios)… Con su movida del domingo, sin embargo, ha favorecido la creación de un régimen autonómico más a la medida de la Cosa Nostra que al propio proyecto del gobierno.

En definitiva, son dos las pulsetas que el Gobierno perdió para el corto plazo, para la resolución de la agenda autonómica. Pero la jugada del gobierno tampoco es ilusa. Al seguir reconociendo a las autoridades departamentales como los interlocutores válidos para el proceso de creación de la nueva institucionalidad estatal, queda marginado de la agenda cualquier otro actor que quiera jugar en la arena nacional. Nohay mucho misterio en esto. Mientras el diálogo siga ofreciéndose a los prefectos, los partidos (fundamentalmente, UN y PODEMOS) seguirán sin presencia alguna en los procesos políticos. Y esto convierte al MAS en el único actor visible a nivel nacional, una ventaja mediática y política que, aunque por el momento genere desgaste, mostrará sus propios réditos en coyunturas electorales… Después del 4 mayo, el gobierno recibió un importante revés a corto plazo, pero los principales perdedores siguen siendo UN y PODEMOS. ¿Representa esto último un rédito para la arriesgada apuesta de la Cosa Nostra? Ni fú ni fá. La automanía departamental se está construyendo al margen de los partidos, aunque probablemente no sin su injerencia. De ahí que antes se llamara “esta-TUTOs” a lo que hoy llamamos “estatruchos”.

Pero… ¿sólo hay réditos en la arriesgada apuesta de la Cosa Nostra? Evidentemente no. Como en toda moneda, en la del riesgo también hay dos caras. Un gran riesgo puede traer grandes ganancias, pero también puede generar enormes pérdidas. Y en el tablero creado el 4 de mayo, las pérdidas mayores pueden recaer sobre la propia Cosa Nostra. Esto, por supuesto, en caso de que el gobierno decida realizar dos jugadas, juntas o por separado, simultánea o secuencialmente: la jugada de rechazar el diálogo y la jugada de reorganizar el ordenamiento político-administrativo.

1. La jugada de rechazar el diálogo. La apuesta de la Cosa Nostra es negociar con los 4 estatruchos en la mano… Pero, ¿qué pasaría si el gobierno, después de haber ofrecido diálogo incansablemente, decide que, ante tanta negativa de parte de las autoridades departamentales, pasó el tiempo de la negociación y que ahora corresponde hacer efectiva la agenda constituyente y el referéndum respectivo? Esta jugada, además de muy probable, sería la menos conveniente para la propia Cosa Nostra. Supongamos que no se instala ninguna negociación y que, en su lugar, la propuesta de nueva CPE va a referéndum… Si la nueva CPE no se aprueba, no habrá base constitucional alguna para crear departamentos autonómicos. Si, por el contrario, la nueva CPE se aprueba, ganará el modelo de autonomía del gobierno. En cualquiera de los dos escenarios, la causa automaniaca, tal como está formulada en la actualidad, pierde. Y la pérdida mayor se registraría en el caso de que no se apruebe la nueva CPE: el mismo proceso autonómico quedaría entrampado hasta que se encuentre una nueva fórmula (pacto político, nueva constituyente o quiebre institucional) para incluir, con rango constitucional, a las autonomías en el ordenamiento político-administrativo boliviano. En términos concretos, estamos hablando de 3 ó 4 años más de proceso político para hacer efectiva de jure la autonomía. Por mientras sólo queda la alternativa de hacerla efectiva de facto, alternativa con la que la Cosa Nostra ha mostrado una afinidad sospechosa y vergonzosa, pero que a un segmento importante y creciente de la ciudadanía cruceña le está produciendo anticuerpos…

2. La jugada de reorganizar el ordenamiento político-administrativo. Junto con el nuevo tablero, la Cosa Nostra ha producido también un precedente, ignominioso, pero precedente al fin y al cabo, que sirve de argumento político para la creación de facto de nuevas entidades político-territoriales autonómicas. Ya inició este camino la Provincia de Cordillera en Santa Cruz. Y el río está demasiado revuelto en el Gran Chaco, Tarija. Es más,
incluso se ha propuesto la creación de un décimo departamento. Cualquiera sea el futuro de estas propuestas, las condiciones objetivas son propicias para, al menos, cuestionar la ya añeja división político-administrativa de 9 departamentos. Si provincias enteras reaccionan en contra de los proyectos automaniacos de los Komités cívicos, los departamentos respectivos, en tanto unidades político-territoriales, se acercan aceleradamente a la escisión. Y la escisión de cualquiera de los departamentos significaría un debilitamiento económico, político y simbólico para la causa automaniaca. Si el ejecutivo decide realizar esta jugada y coordinar con los actores provinciales la creación de facto de nuevas entidades autónomicas, la Cosa Nostra carecería de recursos morales para objetar. De ahí que la operación “reorganización político-administrativa” pueda producir el daño político más severo a la causa automaniaca. ¿Cómo se vería el mapa boliviano con, por poner un número, 2 ó 3 departamentos adicionales, creados a expensas de los departamentos automaniacos?

La euforia del 84% (con participación de únicamente el 61% del padrón) aún no permite que la Cosa Nostra dimensione la Caja de Pandora que acaba de abrir. El tablero creado por el tramparéndum le regala en bandeja de plata dos jugadas ganadoras al gobierno… Y todo indica que el gobierno lo sabe. Quizás eso explique la pasividad, la casi desidia con la que se opuso al evento del 4 de mayo: un par de llamados al diálogo por aquí; un par de gestiones internacionales por allá; un par de invitaciones a la iglesia o a la OEA para intermediar… Pero… Nada más. Nada de hacer uso del monopolio legítimo de la fuerza física o de iniciar procesos judiciales por sedición o delitos semejantes… Vistos los escenarios posibles post-tramparéndum, ¿cómo el ejecutivo no se iba a estar frotando las manos con el enorme favor que le hacía la Cosa Nostra? El 4 de mayo le regalaron dos jugadas políticas que, antes de eso, no parecían muy probables. Ya hay excusa para redimensionar territorial, política y económicamente a los departamentos de Santa Cruz y Tarija. Ya hay motivo para someter a Referéndum la propuesta de nueva CPE sin modificarle ni una sola coma. ¡Y todo esto casi gratis, sin incurrir en el desgaste político de hacer uso de la fuerza física!

En el balance, ¿quién ganó y quién perdió el 4 de mayo?


(Daniel M. Giménez)

6.5.08

Prisionero del Tiempo

Si abro un recuerdo y miro para atrás
justo cuando era niño o más allá,
tengo tantas canciones por decir
pero a veces no encuentro ni un rastro de mí.


La conocí en un sueño, porque es solamente a través de los sueños que uno puede conocer a los habitantes del futuro. No podía ser de otra forma. Me costaba atar las telas de colores que inundaron mi noche, me costaba ante todo reconstruir el rostro que había habitado mi sueño, y que me decía, que levante mis alas, que me agarre fuerte de la esperanza y me lance al mar. Esa noche desperté totalmente confundido, se que fue un sueño, pero parecía tan real. Mi cuerpo se encontraba en una zona distante, un lugar que nunca conocí, pero en el que me sentí cómodo y bienvenido, supe sin saber que estuve ahí antes, en un tiempo remoto a veces pasado y también futuro. En un espacio desconocido y mío. En un desarmado y disonante entretejer de conjeturas y conclusiones que lentamente recorría, tocaba tácitamente, y poco a poco, reconocía.

La encontré recostada en una banqueta tomando el sol a la orilla del mar. Tenía los brazos cruzados detrás de la nuca, haciendo de almohada, vestía una camiseta anaranjada, jeans y sandalias rojas, dormía. Me acerque lentamente, y la observe, sentí paz al verla, y tuve ganas de recostarme cerca suyo y tomar el sol. La brisa nos inundaba con ese olor salado tan particular del mar. De pronto se despertó, y me miro, al principio asustada, pero pronto se dio cuenta que yo no le haría daño, entonces le dije que hacía un lindo día y que sentía mucho el haberla despertado, que se veía muy tranquila ahí recostada. Sonrío, y me dijo que si, que el día era genial, que no me preocupase por haberla despertado. Como te llamas, me pregunto, le dije que no importaba, que yo era tan sólo un habitante de la soledad, y que no sabía exactamente en que lugar me hallaba y necesitaba ayuda para encontrar una ruta de retorno. Se puso de pie, y empezamos a charlar, la reconocí instantáneamente, supe que ella era ella.

Pronto nos encontramos caminando en la playa, me quite los zapatos, y podía jugar en la arena con mis dedos. Estuvimos hablando de todo y de nada, de los sueños, de la soledad, del silencio, de la nostalgia, de los temas que han sido siempre motivo de elucubraciones y divagaciones profundas. Pasaron las horas rápidamente, reconocía algunos de mis pensamientos en sus palabras, antes de que los piense, y creo que ella sintió algo similar, pero a ratos yo solía enfrascarme en pensamientos absurdos, y nos perdíamos el uno al otro. Disfrute mucho de su compañía, y de pronto sentí que pertenecía a ese lugar, lo difuso se tornaba más claro, reconozco que fue un momento fantástico, en extremo ideal, pero tan real que podía morderlo y saborearlo, tocarlo y apretarlo contra mi pecho. Te conozco de muchas vidas, le dije, y sonrió. Lo sé, me respondió. Siempre la estuve buscando, aunque nunca supe hallarla, encontré en su mirada respuestas a miles de encrucijadas, y de pronto todo lo que nos rodeaba cobro sentido… sus ojos de ocaso y su sonrisa lejana, trazaron un mapa incierto, una ruta desparramada, y a pesar de que suene insensato, la quise.

Era sábado por la mañana y el sueño había sido muy placentero, pero de pronto sentí mucha nostalgia. Caminante, no hay camino, solía decirme a mi mismo, pero me era muy difícil hacer camino, sigue siendo un reto constante el tratar de poner bien los pies sobre la tierra, despejar la mente, despegar un poco del suelo, sacudirme, despertarme, mirar delante mío y andar haciendo camino. Es absurdo a veces pensar que deambular por el universo nos llevara a algún lugar. No creo que nadie sepa con certeza que es lo que realmente va a encontrar, aunque si es posible que se tenga una vaga idea de lo que se busca. Esa mañana supe que mi sueño dijo todo lo que precisaba saber, aunque todavía me era muy difícil entenderlo, y no poder recordarlo todo con nitidez complicaba las cosas.

Estuve visitando algunos blogs y encontré uno que me gusto mucho, lo escribía Sypave, me gusto mucho su nick puesto que en la mitología guaraní corresponde al nombre de la primera mujer. La visite varias veces, pero sólo comente semanas después de haberlo encontrado. Me impresionaban mucho sus cuentos, su forma de escribir, como acomodaba las palabras, pronto empezó también a visitarme. En uno de sus comentarios me dijo, ‘Zurvan: me gustan mucho tus cuentos, a veces siento que los escribiste para mí’. Le respondí que en un mundo de infinitos todo era posible, y que las cosas escritas no responden a sentimientos particulares, sino al afán de entregarle algo a alguien en particular o a un grupo de gente, pero que los autores no son necesariamente conscientes de quien es ésta persona, y que si le apetecía le regalaría un cuento. Poco a poco fuimos desarrollando una relación bastante interesante, ninguno de los dos sabía el nombre del otro, y sin embargo a pesar de desconocer las realidades de vida, yo sentía que la conocía.


Miro el rompecabezas y no sé
si perdí alguna pieza o estoy bien,
puede calmarse un poco este loco de atar
si me miran tus ojos en esta inmensidad.


Nos pusimos de acuerdo para chatear en el mensajero de Windows. Así supe que vivíamos en el mismo país, y que en diferentes momentos de nuestras vidas habíamos vivido en las mismas ciudades, aunque ahora nos hallábamos en lugares diferentes. Tan pronto empecé a hablarle, reconocí en sus letras, las palabras que habían habitado mi ya lejano sueño, y se lo dije. Me pregunto más cosas acerca de mi sueño, que se lo contara con detalle, después de hacerlo hubo un momento de silencio en la pantalla. Un jijiji le siguió… me dijo que ella tuvo el mismo sueño, que ella vestía una camiseta anaranjada, sandalias rojas, y jeans, y que luego camino con alguien en la orilla del mar. Yo me quedé totalmente anonadado, estupefacto, completamente idiotizado, ¿era esto posible?, ¿se pueden transgredir los sueños?, ¿podían dos personas tener el mismo sueño? Nada tenía sentido, y sin embargo todo era más claro, respondí con risas, con wiii’s y yupi’s, y muchos signos de interrogación.

Dieron las 7:00 PM y me dijo que se iba a dormir, que había sido un día muy largo, y que sería un gusto el que nos encontremos al día siguiente. ¿Dormir? le pregunte. Si recién es las siete. ¿Qué cosa? me dijo, es la 1:00 AM. Ninguno de los dos comprendía lo que sucedía. Hoy es martes ocho de enero del 2008, son las 7:00 PM, afirme. Para mí, es la una de la mañana y ya es miercoles, dijo ella. Creí que estaba en un sueño, me pellizque, salte un poco, corrí al baño y me eche agua en la cara, ella tampoco lo podía creer, me pregunto si estábamos en un sueño. Y no supe responder. No supe que decirle, excepto que si lo era, entonces era el sueño más bizarro que había tenido nunca. Respondió con risas, y signos de interrogación. Quedamos en encontrarnos al día siguiente, y se fue a dormir.

No pude dormir en toda la noche, no entendía lo que pasaba, me preguntaba si me despertaría en algún momento. Busque en la basura, quizás comí algo, pero no encontré nada. Arroje mi cajetilla de cigarrillos en el bote, quien sabe fume algo raro. Luego me quede contemplando el techo toda la noche. Al día siguiente, al regresar de mi trabajo, entré al chat, y ahí estaba ella. No había sido un sueño. Todo era tan increíble. Efectivamente ella vivía en el futuro, a seis horas de diferencia. No podíamos explicarlo, mi mundo seguía girando, y ella sabía que su mundo también seguía adelante. Incrédulos decidimos no abandonar este nivel de realidad… ¿realidad?

Hemos aprendido a vivir con ello, hablamos por muchas horas durante la semana. Se de su sensibilidad extrema y su lágrima fácil, le he confesado algunos miedos y pasiones, poco a poco hemos ido adentrándonos el uno en el otro, vamos conociéndonos. Pero sin embargo es imposible conocernos por completo. Todavía no se han creado las maquinas del tiempo. Y si bien un día compartimos el mismo sueño, ninguno de los dos puede tener la certeza de que ocurrirá nuevamente ¿que traerá el futuro?


En esta inmensidad a la que llaman tiempo,
en esta inmensidad donde vamos viviendo
te encontré frente a frente y no,
todavía no lo entiendo,
como fue tanto tiempo sin poderte tocar.


Debo confesar que es difícil habitar un tiempo inexistente. Que algunas noches cuando no concilio dormir, salgo corriendo de mi casa, tratando de alcanzarla, pero todo es inútil, el tiempo nunca se detiene, y jamás seré más rápido que la luz. No soporto los momentos en que el recuerdo de mi sueño se hace borroso, siento que la pierdo, y rápido me dispongo a dibujarla con palabras, a describirla en poemas destartalados, y en frases cursis que poco a poco van poblando las solapas del libro de turno. A veces, siento que los sueños son como la arena del mar, uno trata de retenerlos y darles forma, más estos se escurren, y los granos inefables como los recuerdos yacen inertes, mueren súbitamente, y se confunden con el viento.

Busco razones, más no las encuentro, todo es absurdo. Soy como el musgo que crece en un muro, no tengo raíces, pero crezco. Ella le ha dado otras tonalidades a mi vida. Cuando estamos juntos habitamos un espacio inexistente. Es cierto que a veces la recuerdo como en mi sueño, pero realmente no se si ella es así, después de todo nunca la he visto. Ella tampoco me conoce, excepto por el sueño que tuvo de mí y conmigo. Sin embargo creo también que los sueños pueden a veces hacerse realidad, que lo proyectado en ellos, es la esencia de lo que somos, o la esencia de lo que añoramos ser, el potencial de nosotros mismos. E incluso si no somos como soñamos serlo, vale la pena saltar al río y aprender a remar, es mejor que ser tan sólo un espectador más, en mi caso prefiero morir ahogado.

En este mundo de soledades profundas, y realidades nefastas, la mía es una más. Soy Zurvan, paradójicamente tome el nombre del dios del tiempo en la mitología persa. Sin embargo soy prisionero del reloj de arena, los tic tacs de mi presente no me permiten saltar y conocerla. Pero no he abandonado a la esperanza. Espero ansioso el barco o nave que me lleve al futuro, recorro todas las bibliotecas y sitios de la red, que ofrezcan una luz mínima, un pedazo de nitidez en esta borrosa sensación de vida. No tengo certeza alguna sobre el futuro, sin embargo estoy dispuesto a correr el riesgo que implica volar. Si pudiera verla, acariciaría su mejilla, y mientras le paso el cabello detrás de la oreja le diría que me acompañe en un viaje, que no me tema, que tengo mil complejos y conflictos, que a veces exploto sin motivo, pero que al final del día siempre sabré ser su refugio, y que lo único que busco es la alegría extensa de su risa, la calma melódica de sus manos y el calor incandescente que sus ojos tibios pueden darme. Y nostálgico como soy, habitaría con ella el sueño nuestro de todos los días.


Si a la espalda me juzgan los demás
y se abraza una duda a mi verdad,
nadie es dueño de nadie, yo lo sé bien,
pero a veces me adueño de tu olor a mujer.

(Los versos pertenecen a la canción En Esta Inmensidad de Alejandro Filio)