Este es mi post número 99, estoy a un paso del número 100 que será por cierto una explicación que le tengo pendiente a muchos. Este blog se llama ¿Dónde andarán los jilgueros?, aunque estoy seguro que muchos se refieren a él, sólo como ‘el blog de utópico’ Pero bueno, en el post número cien contaré el origen del nombre de este blog. Comencé este blog hace un año y dos meses, y la verdad estoy muy satisfecho con el mismo, me ha llevado a conocer y compartir con gente de todas partes del globo, particularmente en los países de habla hispana. Este post sin embargo, hace de oportuno confesionario.
A veces pienso que son cosas mías, pero creo que hay coincidencias en la vida, bastante interesantes, comento algunas de ellas. De todas las frutas que hay, las mandarinas están entre mis favoritas. Por muchas razones, principalmente porque han ido ocupando lugares muy particulares de mi memoria, todos ellos bastante solitarios y nostálgicos. Hace un año exactamente me encontraba comiendo mandarinas a la orilla de un lago en Georgia. Me encontraba en una casa de campo totalmente alejada de la pequeña ciudad que visitaba, algunos amigos preparaban una parrillada y yo estaba invitado. No estaba solo, es decir había gente alrededor mío, pero me sentía solo. Me retire un rato a caminar por el bosque, la casa de campo tenía su propia laguna, y decidí darle una vuelta entera. Cuando llegué al lado opuesto, me senté sobre un par de piedras y me dispuse a comer las dos mandarinas que lleve en mi bolsillo, las comí con muchísimo gusto, pero me sentí totalmente desolado, necesitaba alguien con quien compartir mis mandarinas, alguien con quien caminar a la orilla de esa laguna, y que al tomar mi mano me diga que está conmigo sin siquiera decirlo, pensé en hablar con el lago, decidí subir encima el tronco de árbol caído que se hallaba cerca de mí y me puse a cantar un poco mientras trataba de equilibrarme, luego me recosté en el suelo, y me dije a mi mismo que hubiera sido muy lindo el compartir ese momento con una persona especial, y juntar mis labios con sus labios y que dejemos el uno en la boca del otro el sabor de las mandarinas. Más lindo hubiese sido el lago si hoy su recuerdo me traería una sonrisa y un silencio cómplice…
No pensé en esto sino hasta hace unos meses, cuando fui abordando una ciudad de Bolivia que conozco tan sólo mínimamente, buscaba recuerdos que me hablen de ella, de sus calles, o aceras, de sus parques y plazas, de la manillita artesanal que compre en un pasaje peatonal cuyo nombre jamás podría recordar. Corría el año ’98 y estaba de viaje en Sucre. Lo que más viene a mi cabeza son las casas todas blancas y antiquísimas, una ciudad pequeña, un árbol grande en la recoleta, al que le di vueltas… la casa de la libertad, la Glorieta, y los otros lugares turísticos. Y también recuerdo las mandarinas, es absurdo, lo sé. Pero hace unos meses el recuerdo del absurdo vino a mí con mucha claridad. Estábamos Ronald, Iván y yo en uno de las aceras de la plaza central de Sucre, viendo como la gente daba vueltas alrededor, comiendo justamente mandarinas, charlando sobre sabe dios qué, pero comiéndonos las mandarinas. Lo recuerdo bien porque compramos las mandarinas en el mercado, mientras buscábamos las artesanías y recuerdos que llevaríamos a Cochabamba. Las comimos con mucho gusto, de algún modo todo aquello regreso hace unos meses a mi memoria, mientras cantaba una canción de Savia Andina muy linda que dice, ‘cantando con mi guitarrita, te recordare, chuquisaqueñita!’ y de pronto las imágenes de Sucre se hacían mucho más claras… han pasado tantos años de esa visita, y aunque regresé un par de veces, sólo recuerdo bien la primera vez, quizás son las mandarinas, que aparecen en momentos oportunos y resaltan minutos de mi recuerdo.
Hay otros momentos en los que las mandarinas han aparecido en mi vida. Es ridículo pensar todo esto, y no es que coma siempre mandarinas, porque la verdad como muchas más naranjas, pero es que siento que ha habido momentos clave en las que he comido mandarinas, y su aroma siempre ha estado ahí, habitándome, recorriendo conmigo caminos distantes. Fueron por ejemplo la única fruta que lleve conmigo cuando me regresaba del Perú a Bolivia a pie por el desaguadero, y las comí sentado frente al lago Titicaca, mirando como desaparecía el sol en el horizonte cristalino del lago. Comí mandarinas mientras trataba imaginaba el cuento del cometa y el cosmonauta absurdo, algo que aún no me explico, pero que sin duda me parece raro. He comido mandarinas en muchos lugares, pero las he comido en lugares particularmente agradables, en los que a pesar de haber sido un solitario andaba lleno de regocijo.
Esta que sigue es sin duda una confesión mayor, los límites de lo que aquí puedo decir, no serán desgastados con el tiempo, y el espacio distinto no carcomerá los sentidos de estas palabras, es decir, los muros en los que estas letras se encierran, no son prisión sino refugio. Necesito una mujer mandarina. No una mujer perfecta, llena de cualidades y repleta de condiciones. Sino más bien una mujer compleja, impenetrable, imperfecta, desconcertante, libre y ante todo cómplice. Un alguien que este conmigo en los momentos clave, que comparta atardeceres de lago, que juegue conmigo al equilibrista en los troncos caídos de cualquier bosque, que se lance en caminatas de montaña, que regrese (de vez en cuando) conmigo a mi país (a pie si es necesario), que me lleve a conocer la ciudad blanca y recorramos juntos esas calles, que sea capaz de inspirarme cual cometa, que me mire absurdo y yo la mire absorto. Que sepa alzar vuelo de vez en cuando y recorra otros cielos, para que regrese pronto a mi lado y me lo cuente todo, incluso lo difuso de sus pesadillas. Que sepa también que a mí me gusta alzar vuelo y regresar agotado, cansado de aletear sin llegar a ningún lugar, regresar al refugio de sus alas de hada, de sus labios de fuego. Que quiera deambular por todos los continentes, y que dejemos huellas infinitas… ¡Ay Mandarina mía! ¿dónde estás?
Te confieso mandarina, donde quiera que estés, qué he pensado mucho en vos, que es probable que mi pensamiento te idealice de vez en cuando, que dibuje en mis ojos tu sonrisa melódica, que dibuje con mis manos tu cuerpo eterno, y te llene de besos y de caricias. Luego recorro mi desconcierto y me doy cuenta de lo imperfecta que eres, y me gustas más todavía. No a pesar de tus defectos y errores, sino justamente porque me fascinan tus tropiezos, y me encanta saberte humana, y reconocerte llena de vida, de embrollos, y desesperos. Debo decirte también que espero encontrarte pronto, un día sin duda alguna, agarrarte de la mano y decirte cuanta falta me has hecho, y que juntos nos comamos las mandarinas. Decirte además que yo también soy un ser complejo, lleno de miedos y conflictos varios. A vos mandarina, sacudí tus alas, y alza vuelo… quiero encontrarte en el firmamento, y saltar en dirección tuya… no tengas miedo deja que nos encontremos….














