Que te quiero más que a nadie y más que a nada,
te lo he dicho con mis ojos centinelas,
te lo he dicho con mis manos que te celan,
te lo he dicho con mi lengua enamorada.
Hoy es 21 de Septiembre, y si los disparos de la vida fuesen certeros, estaríamos pues, compartiendo un montón de velas en lugares estratégicos, un poco de vino tinto o esa botella de cava que habíamos guardado para una ocasión especial, un par de frutillas sediciosas, mucho hielo incandescente, y el abrigo de nuestras pieles descifrando rutas interminablemente placenteras. Nos amaneceríamos machacando al deseo mientras la lluvia se estrella con sus infinitas gotas sobre las innumerables hojas del roble que da a mi ventana. Mientras charlamos te diría que he comprado las entradas para el concierto de Thao and the Get Down Stay Down, que lo recuerdes, que será el cuatro de Noviembre, que lo anotes o algo, porque yo seguro que lo olvido.
Recorreríamos las imágenes de este domingo en el que bienrecibimos al Otoño, y nostalgiamos las primaveras de ese nuestro otro mundo. El paseo por Rockport, esas calles con aquel aire tan colonial, el Bearskin Neck con sus tiendas casuales, chocolates hechos en casa, artesanías locales, galerías de los artistas que siempre abundan en pueblitos pintorescos como este. Me dejaría llevar por la insistente risa que me causa la siempre caprichosa capacidad que tienes de visitar absolutamente cada una de las tiendas de suvenires, incluso sí ya te diste cuenta que muchas de ellas venden lo mismo y todo Made in China. Con dos discos compactos llenos de música de tribus Iroquies, tres poleras que dicen Rockport y media docena de postales que dejamos en el coche, tomamos el sendero que recorre los peñascos y nos detenemos en el extremo más alejado, sentados vemos los botes o quizás barcos alejarse en el horizonte, hasta que parecen hormiguitas en el hormiguero del Atlantico.
Que te quiero más que a cualquier otra cosa
te lo he dicho con el sol y los cometas,
te lo he dicho con el viento y la veleta,
te lo he dicho con el agua luminosa.
Hablaríamos también del Cabo Ann, y lo mucho que te gusto caminar sobre el muelle, sentarnos en la orilla tratando de mojar nuestros pies sin conseguirlo. De cualquier manera, jugaría con los dedos de tus pies, te contaría que hace más de ciento cincuenta años los puertos de Nueva Inglaterra eran cruciales en el comercio mundial, que casi todo el trafico de opio a la China, era manejado por mercaderes de la región, y que sus descendientes son todavía los dueños de muchas de las mansiones de la zona. Luego hablaríamos de otros temas, que de algún modo derivaron del Opio, o la China, o el comercio, o cosas tan insensatas como el funcionamiento de los relojes y su conexión con los movimientos sociales en Europa o América Latina. Cosas que inexplicablemente sabríamos entender y entretejer, hasta que la discusión sea tan vaga y este tan alejada que no supiéramos de que hablábamos cuando empezamos.
Que te quiero, te quiero, mujer.
Que te quiero y no hay nada que hacer.
Pero este primer día de otoño no es de memorias compartidas, ni de besos encontrados, no tengo velas cursileras, ni hielo de luna, ni frutillas guerrilleras. Sólo el vino que es buen compañero, y que ayuda a tejer historias donde no te encuentras ni una puta fotografía. Pese a eso, sí es un otoño de imágenes en solitario, de sueños debajo del Faro, de atardeceres sangrantes, y peñascos tentadoramente belicosos. Buscándote me lance a Rockport, a encontrar fotografías en las que pueda narrarte, describirte así infinita, súbitamente enamorada de la vida, idealista eterna, loca intrépida, inundando de risas el océano y al mismo tiempo sollozando alegre, riendo a carcajadas con los ojos empapados.
te lo he dicho con el pan de cada día,
te lo he dicho con el miedo y la alegría,
con el tedio que nos mata y que nos muere.
Que te quiero como nunca te han querido,
te lo he dicho recreándome en la suerte,
más allá de la vida con la muerte,
más allá del amor con el olvido.
Cuando me senté en el muelle, pensé en tantas cosas, siempre ando preguntándome sinsentidos, soy un cursi, lo sé, pero no puedo evitarlo, veo un bote solitario y lo llamo Diego, un bote solitario sin ruta, sin mapa, sin destino definido, insensatamente fatalista, buscando ruta en el Atlántico, acelerado de pensamientos, esperando por los remos que lo lleven lejos, a visitar otros puertos, en otros mares quizás más cálidos, buscando una pescadora dispuesta a navegar en poemas tontos, y lecturas exacerbadas, dilatadas, esperando lunas llenas para construir cuentos de miel y narrarnos historias de vidas pasadas y mares remotos, esquivando detalles nefastos. Para recorrer el mar de soledad con alguien en el bote. Me pregunto también si en lugar de esperar en el muelle, por alguien que suba al bote, debo más bien surcar todos los océanos buscando esa estrella naufraga que canta que se resbalo en las escaleras de caracol y que apareció de pronto en el mar, totalmente desprevenida, porque olvido el traje de sirena, que lo dejo muy bien doblado, tan pronto el calendario le dijo que faltaba una semana para que termine el verano. O quizás el inicio de la primavera-otoño me inunda de cuestiones que nunca tienen remedio, y debo más bien esperar la próxima estación, para guardar mi bote, y olvidarme de Faros y atardeceres, para que en noches de lluvia deje de imaginarte, eterna esperanza de mis madrugadas.
Que te quiero, te quiero, mujer.
Que te quiero y no hay nada que hacer.
Más que a nadie y más que a nada.
(Joan Manuel Serrat)








