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27.6.08

Dos Hipopotamos Tristes

Este articulo escrito por José Alejandro Castaño lo encontré en Letras Libres. La versión completa la pueden encontrar en la página web de la revista. Se los recomiendo a todos.

Evaristo Candelejo creyó ver un toro muerto y dejó que la corriente a favor lo arrimara para curiosear. Él recuerda que casi era mediodía y que la faena de pesca había sido escasa por culpa de las lluvias que esa semana habían engordado el río y lo hacían correr apurado, saltando piedras y recodos. A diez metros de distancia, el pescador ya no estuvo seguro de que fuera el cadáver de un toro y pensó que más bien era un árbol a la deriva, entonces aguzó la mirada para evitar que la canoa chocara contra alguna rama oculta bajo el agua. Iba solo. Él jura que en treinta años de navegar el río Magdalena nunca sintió tanto miedo, ni siquiera la vez que una ráfaga de tiros disparada desde una orilla perforó la madera de su barca y fulminó dos cerdos que no eran suyos: “¡Y zas! ¡El tronco bramó y abrió una boca gigante!”, le contaría después a su mujer y a sus vecinos de Puerto Olaya, un pueblito de pescadores en Cimitarra, Santander. Nadie le creyó. Evaristo Candelejo tenía fama de borrachín y mentiroso.

Arturo Castiblanco, el inspector de policía del lugar, dice que una semana después, otro pescador contó una historia similar, luego fueron dos pescadores más y también un grupo de señoras que lavaban ropa en una orilla. Cada quien había creído ver algo distinto, pero todos coincidían en esto: cabeza muy grande, hocico aplastado con orificios que resoplaban, boca gigante, colmillos redondos, atrás, orejas pequeñitas... ¿orejas pequeñitas? En Puerto Olaya ya parecían acostumbrados al espectáculo de lo atroz. Llevaban años viendo pasar los cadáveres de gente asesinada quién sabe dónde, sus cuerpos rígidos, a veces boca arriba con los brazos levantados y los dedos estirados, como si saludaran a la gente en las orillas mientras los gallinazos les picoteaban las entrañas. Los llamaban los pasarrápido y todos se santiguaban al verlos correr río abajo. Evaristo Candelejo intentó un dibujo de la bestia en una hoja de cuaderno, un nieto le ayudó y también dos de los hombres que juraban haberla visto. Para esos días ya corría el rumor de que eran dos los cabezas grandes. El pescador y sus vecinos dicen que llevaron esa suerte de retrato hablado donde Arturo Castiblanco.

–¡Hipopótamos! –dijo el inspector después de ver el dibujo–: ¡Hipopótamos!

Eso fue un 17 de enero. La gente recuerda la fecha. ¿Cómo habían llegado unos hipopótamos hasta ese caserío del Magdalena Medio? ¿Cómo carajos?

Las noticias más próximas de hipopótamos provenían de Puerto Triunfo, a doscientos kilómetros río arriba, de una hacienda de tres mil hectáreas cuadradas llamada Nápoles. Es una historia conocida. Allá, Pablo Escobar, el narcotraficante más famoso del mundo, ordenó crear una versión del Edén con cada animal que deseó. En pocos meses, un ejército de mil hombres construyó una geografía de colinas, valles y lagos, como si aquello fuera un inmenso campo de golf para bestias salvajes. Escobar también mandó construir una plaza de toros y un aeropuerto. Poco después, en aviones que aterrizaron una y otra vez, fueron llegando avestruces, búfalos, cebras, ciervos, caimanes, flamencos, tortugas, dantas, monos, elefantes, cacatúas, osos hormigueros, guacamayas, antílopes, hipopótamos y jirafas. Un día, alguien le mandó un tigre pero el capo terminó por devolverlo porque no le gustaban los felinos. Decía que eran peligrosos. Nada de eso queda.

La pista del viejo aeropuerto es una cicatriz cubierta por un pastizal de yerba seca. En una época aterrizaban doce vuelos diarios. Llegaban reinas de belleza, presentadoras de televisión, políticos famosos, periodistas célebres, jugadores de futbol, artistas venidos de todas partes, obispos santos. Nápoles era rica en fauna diversa. Fabio fue testigo del vuelo más recordado de todos, la vez que llegaron los primeros animales.

Ocurrió un jueves de 1985. Tres días antes, Pablo Escobar ordenó construir una pared de arena al final de la pista. Tenía siete metros de ancho y casi dos de alto. Era un seguro contra accidentes, dijo el capo. Ese jueves, Fabio y otros cincuenta hombres fueron citados al lugar, cada uno con un lazo de amarrar vacas. A las diez de la mañana oyeron un avión, después lograron avistarlo. Tenía dos hélices y era el aparato más grande que todos habían visto. Escobar llevaba gafas de sol y no paraba de reírse. Antes de aterrizar, el piloto sobrevoló la pista tres veces. Era un Antonov ruso, una ballena de latas rojas y blancas que nadie creyó que pudiera frenar en esa calle construida para aviones de un solo motor. En efecto, tal como lo calculó Pablo Escobar, el aparato siguió de largo hasta el final de la avenida y una nube de arena al fin lo detuvo. Poco después las hélices se apagaron y una puerta se abrió en la cola del Antonov. Escobar les ordenó a sus hombres subir en grupos de a cuatro. Todos eran campesinos enseñados a sembrar maíz y arroz, a recoger huevos, a ordeñar vacas, herrar caballos, capar cerdos; nada sabían de elefantes ni avestruces ni bisontes ni cebras. En ese vuelo llegaron los primeros hipopótamos y un extraño animal que al principio nadie supo qué era.

“Nos dimos la bendición y nos fuimos metiendo. A cada grupo nos encargaban de un guacal distinto. Si era muy pesado, otro grupo se nos unía. Adentro olía a mierda.” Fabio habla y es capaz de mover el ojo de vidrio, como si los recuerdos le avivaran esa inútil porción de sí mismo. Él dice que ya iba entrando al avión cuando uno de los compañeros que estaba adentro gritó asustado. Todos creyeron que había visto a un tigre y echaron para atrás.

Aquello daba susto: el cuello le salía por fuera de la caja de madera en la que venía encerrado. Debió ser un viaje lleno de dolor. Alguien había amarrado su cabeza al piso del fuselaje con cuerdas y cadenas. Cuando al fin lograron sacarlo, el animal se enderezó aliviado. Era una jirafa. Nunca habían visto una. Todos aplaudieron. Pablo Escobar no paraba de reír.

Veintitrés años después de la tarde de aquel jueves, los únicos animales que aún sobreviven en Nápoles son dieciocho hipopótamos. El capo sólo trajo a la mitad de ellos. Los demás nacieron en su versión del Edén.

Después de contemplar el dibujo, Arturo Castiblanco ya no tuvo dudas y decidió llamar a la Gobernación de Santander para que le dijeran qué diablos hacer. Allá le advirtieron que tuviera cuidado, que alertara a los pescadores, a las señoras que lavaban en el río, a los niños que se bañaban en las orillas, a todo el mundo: los hipopótamos eran más peligrosos que los caimanes y mataban a más personas en África que todos los demás animales salvajes juntos. César Valencia, coordinador de control y vigilancia de la Corporación Autónoma de Santander, una fundación que preserva la fauna y la flora en peligro de extinción, lo llamó después. Todos estaban desconcertados. Un hipopótamo deambulando libre por el río Magdalena sólo podía venir del antiguo zoológico de Escobar. De nuevo más llamadas.

El siguiente en enterarse fue Francisco Sánchez, director de la Unidad de Gestión Ambiental de Puerto Triunfo. Le ordenaron ir a la hacienda y contar los hipopótamos de inmediato. Parecía imposible lograrlo en un día. En total, Nápoles tiene seis lagos distribuidos en una extensión de tierra enorme y cubrir el recorrido a pie era lo menos difícil. El problema más grande era que la manada de dieciocho hipopótamos permanece casi todo el tiempo sumergida bajo el agua y parecen turnarse para asomar su nariz y respirar, de manera que incluso después de una juiciosa observación, cualquiera podía confundirse y equivocar el número exacto de animales. Pero el ejercicio no fue necesario.

Al llegar a la hacienda, los campesinos de Nápoles le contaron a Francisco Sánchez que dos machos jóvenes se habían fugado. Se lo dijeron así, sin que nadie les preguntara nada todavía. Ellos, que todos los días se enfrentaban a la urgencia de saber dónde andaban los animales para evitar encontrárselos, habían desarrollado un agudo sentido de observación y ahora estaban seguros de que faltaban dos machos en los lagos. Francisco Sánchez oyó de alguien que los había visto cruzar las alambradas del lado norte de la hacienda como si nada. Cuatro toneladas, lo mismo que pesan siete toros de lidia, yendo al frente sin que nada pueda detenerlas. ¿Por qué dos machos jóvenes decidieron irse de un paisaje idéntico al de las planicies africanas de las que provenían sus padres? ¿Por qué renunciaron a un lugar con abundante agua y pastos que dominaban a su antojo sin que nadie los molestara? ¿Detrás de qué se fueron?

Mauricio Orozco, coordinador de Fauna de la Corporación Autónoma Regional Rionegro Nare, otra entidad protectora de animales salvajes, trazó un mapa de la ruta seguida por los dos hipopótamos. Al parecer, primero fueron en dirección de Puerto Boyacá, de ahí siguieron hasta Puerto Nare, Puerto Serviez, Zambito y, finalmente, Puerto Berrío, desde donde cruzaron al otro lado del Magdalena, a Puerto Olaya, en Santander. Llevaban más de doscientos kilómetros de recorrido. Había que recuperarlos y evitar que, tarde o temprano, atacaran a un pescador. No sería la primera vez que un animal del antiguo zoológico de Pablo Escobar matara a una persona.

En 28 de febrero de 2006, un elefante africano de Nápoles atravesó con su colmillo izquierdo a Germán Horacio Ordóñez, el médico veterinario del zoológico de Pereira, el lugar al que fue llevado tras la muerte del capo. Pablo Escobar había bautizado al gigante con el nombre de un juguete de madera: Pirinolo. Uno de los celadores del zoológico dijo que el elefante estaba molesto con su cuidador porque lo mantenía lejos de la única hembra del parque. Meses después, Pirinolo volvió a ser noticia: su cría era la primera de un elefante africano en nacer en Colombia. ¿Dónde podían estar ahora los hipopótamos?

Casi setenta días después de que Evaristo Candelejo diera la noticia, los expertos creían que, fatigados por el sol y las altas temperaturas, los dos hermanos caminaban en las noches y que en el día permanecían sumergidos. A ese paso, podían llegar hasta Barrancabermeja, cien kilómetros río abajo y, en cuestión de semanas, seguir al norte incluso hasta la desembocadura del río en el puerto de Barranquilla, frente al mar. Era una locura, claro, la cosa más improbable, pero en Colombia es mejor no confiarse porque hasta lo absurdo termina por ocurrir. El gobierno decidió enviar dos emisarios a Puerto Triunfo para que diseñaran un Bloque de Búsqueda, el mismo nombre con el que bautizaron al grupo élite de la policía que le dio caza a Pablo Escobar en 1993.

Los emisarios descubrieron que no era la primera vez que los animales lograban burlar las cercas de Nápoles, aunque nunca habían ido tan lejos. En Puerto Triunfo escucharon una historia repetida muchas veces: la un hipopótamo acribillado a tiros de fusil por un ganadero que lo sentenció a muerte después de que el animal se metiera en su finca y atacara a dos de sus novillos. No tendría nada de raro. En esa zona del Magdalena Medio dominada por los hombres de Pablo Escobar primero y de Ramón Isaza después, los agravios siempre se cobraron con plomo sin importar que el culpable fuera hombre, mujer, anciano, niño o hipopótamo.

A los emisarios les dijeron que el ganadero ordenó tasajear una parte del animal para que algunos de sus trabajadores hicieran un sancocho. Al resto del enorme cuerpo le rociaron gasolina y le prendieron fuego. Francisco Sánchez, el director de la Unidad de Gestión Ambiental de Puerto Triunfo, también admite haber oído la historia de ese fusilamiento. ¿Por qué esta vez se fugaron dos machos jóvenes?

De todas las teorías que intentaron explicar el éxodo de los hermanos, la que parece más probable involucra a Pablito, el hipopótamo alfa de la hacienda, un viejo cacique de casi cinco toneladas de peso. Los campesinos lo bautizaron con el diminutivo de su antiguo dueño porque dicen que es violento e impredecible. A veces, justo después de que nace una cría, la mata con un mazazo de su cabeza. Otras veces, en cambio, las deja pastar a su lado y hasta las correteaba para jugar. Pablito es el único que puede aparearse con las hembras y permanecer a su lado todo el día. El resto de machos nadan aislados, incluso en estanques apartados. Todo sugiere que los hipopótamos fugados se marcharon cansados de que Pablito no compartiera a las hembras. Se trata de una triste sentencia: huyeron, río abajo, en busca de una descendencia. El problema es que, salvo los de Puerto Triunfo, en Colombia no hay hipopótamos.

El gobierno cree que seis meses después los dos hermanos al fin se detuvieron en un estanque de aguas represadas en algún punto entre Barrancabermeja y el sur del departamento de Bolívar, justo en un corredor sembrado de minas explosivas. La verdad es que a nadie le importa demasiado. Con un drama de mil setecientos secuestrados en las selvas, una de ellas una ciudadana francesa ex candidata a la presidencia de Colombia, la búsqueda de dos hipopótamos fugados de la antigua hacienda del capo más sanguinario de la historia no es una urgencia. El gobierno, sin embargo, dice que está consultando fundaciones en Estados Unidos y África para saber qué hacer después de encontrarlos: si sedarlos y luego engancharlos a un helicóptero militar o espantarlos con bombas de ruido hasta llevarlos a un sitio abierto. Los ambientalistas se declaran casi tan perdidos como los mismos animales. ¿Cabe alguna enseñanza de todo esto? Quizás.

Dos hipopótamos condenados a buscar en un rincón del mundo las hembras que jamás encontrarán, no importa qué tanto avancen ni adónde vayan, son más que una historia curiosa. La inútil travesía de los dos hermanos tal vez sea otra constancia de esa reiterada habilidad humana de joderlo todo.

24.4.08

Letras Libres: Malos Tiempos

Esta mañana mientras iba a mi trabajo leí un cuento de Juan Manuel Villalobos llamado Malos Tiempos, lo pueden encontrar en la página de Letras Libres. A mi me gusto mucho y reproduzco aquí un fragmento del cuento, les recomiendo leerlo entero.

A los quince años, mi hermano comenzó a salir con un grupo de personas que se hacían llamar Los Lobos. A la salida del colegio se solía reunir con ellos. Se juntaban a beber cerveza y a fumar tabaco; también a veces iban en busca de mujeres. Había en Fort Worth una zona muy conocida que frecuentaban los chulos, dominada por proxenetas. Los Lobos comenzaron a buscar negocios turbios con gente de aquella zona. Así se hicieron un hueco en el mercado negro y en el trapicheo; de paso, también se acostaban con las putas. Si bien mi hermano nunca terminó por integrarse en el grupo –entre otras cosas porque le llevaban hasta seis años y porque ninguno de ellos había estudiado nada, ni siquiera la primaria–, sí comenzó a salir con relativa frecuencia por los sitios que ellos frecuentaban. Unos días después de que dejara la penitenciaría de Hunstsville le pregunté a mi hermano algo que nunca me había quedado claro: cómo había conocido a Los Lobos. Me clavó la mirada y dijo: “Eran los que nos proporcionaban la droga; ellos dominaban el mercado de los estudiantes, sólo que por alguna razón a mí me fueron integrando en su mundo.” Yo no dije nada. Incluso encontré lógico que mi hermano cayera tan fácilmente en lo que él llamó “su mundo”, un mundo que luego también fue el suyo. Él estaba fuera de órbita en Fort Worth y desafortunadamente terminó conectando con lo peor de la ciudad. Todo lo demás siempre le resultó ajeno.

Mi padre nunca vio con buenos ojos aquella compañía, pero entonces estaba demasiado ocupado como para atender otra cosa que no fuera el taller mecánico. Con el tiempo se había hecho imprescindible y había terminado por regentarlo solo. El dueño era un cowboy extravagante con el que mi padre había hecho buenas migas. Luego vino lo del asesinato de Fort Worth en el que implicaron a mi hermano. Toda la ciudad se enteró. Mi padre perdió el trabajo. Fue cuando comenzaron los malos tiempos.

La historia es más o menos ésta: una noche de verano, en julio de 1987, una pareja de jóvenes, Linda S. Baker y Samuel Johnson, de diecinueve y veintidós años, respectivamente, aparecieron asesinados dentro del coche del segundo, en un sendero muy estrecho cercano al Fort Worth Midtown Park, un conocido camping al que acudían muchos norteamericanos que bajaban hasta Dallas. Johnson había muerto de un disparo en la cabeza y Baker de uno en el corazón. En el cuerpo de Baker fue encontrado semen de Johnson (las pesquisas determinaron que había habido penetración. Se difundió, gracias a la dictadura del morbo, que muy probablemente los asesinos habían obligado a sus víctimas a copular delante de ellos, dado que Baker tenía un desgarre anal con semen del miembro de Johnson). Nadie les había robado nada y, al parecer, tampoco había síntomas de violencia ni de lucha, si acaso un ligero tirón en el cuello del occiso. Un “asesinato limpio”, se dijo. La prensa, como siempre sucede en estos casos, amplificó toda la información, apoyada por una campaña del padre de Johnson. Un testigo, que conducía en dirección a Dallas, dijo haber visto un Camaro blanco salir pitando de una carreterita muy angosta, a un costado de la carretera principal, a eso de las dos de la madrugada, a unos quinientos metros del sitio donde fue encontrado el Corvette rojo en el que aparecieron los cuerpos de Baker y de Johnson –el coche estaba a nombre de su padre. La policía encontró también dos casquetes de una pistola de calibre 22 y varias colillas de tabaco muy cerca del coche. Enseguida las autoridades del condado orientaron su investigación hacia Los Lobos: uno de ellos tenía un Camaro del año 79 color azul cielo. Si bien mi hermano no era parte “oficial” del grupo, acabó involucrado en los hechos. La policía nunca ofreció datos sólidos que culparan a Los Lobos, pero el padre de Johnson era un hombre influyente, respetado y querido en la comunidad de Fort Worth –el típico hombre de “conducta intachable” al que la historia, luego, vinculó con una presunta red de pederastas: el negó todo. Salió limpio, por supuesto. Incluso pasó de puntillas ante el jurado el hecho de que la noche del asesinato Baker y Johnson habían acudido a una fiesta en casa de un amigo de ella, en la que Johnson había tenido un altercado con un tipo que había estado cortejando a Linda y con quien, además, ella había salido en un par de ocasiones. A mi hermano lo procesaron por obstrucción de la justicia. Se dijo que lo había visto y oído todo. Dos miembros de Los Lobos fueron condenados a cadena perpetua por asesinato en primer grado. Otros tres alcanzaron penas de hasta 49 años, por complicidad. A mi hermano le cayeron cuatro años y nueve meses de condena por su presunta obstrucción. La cumplió íntegra.

Mi hermano era otro cuando lo vi salir de la penitenciaría aquella mañana extraña de enero. Naturalmente, se le veía más delgado. El día anterior a su liberación, yo viajé hasta Hunstsville en un viejo Mustang rojo que había comprado de segunda mano –de mi padre heredamos el gusto por los coches– y me hospedé en un motel en las afueras. Al día siguiente volveríamos los dos a Fort Worth, donde mi madre nos esperaba: su sueño era vernos juntos otra vez.


8.4.08

Fábula del perdedor perfecto

Aquí les dejo algo que edite de un artículo, bastante más largo, de Julio Villanueva Chang, que leí en Letras Libres. Les recomiendo leerse todo el artículo, y también visitar Letras Libres, que es una revista más que excelente, especialmente ahora que pronto se vienen las Olimpiadas en Beijing (que en castellano seguimos llamando Pekin, aunque en realidad el nombre debería ser Peichin). Me gustan este tipo de relatos… llenos de imágenes y detalles. Al final que nos queda… sino, nadar contra nosotros mismos… y resistir…

Eric Moussambani, un nadador de estilo libre de Guinea Ecuatorial, perdió en las Olimpiadas de Sydney 2000 en una carrera de cien metros en la que nadó sin ningún competidor. Había llegado hasta allí luego de haber ganado una competencia en su país y por uno de esos cupos de caridad que el comité olímpico internacional reserva para deportistas de países pobres. En esa competencia contra sí mismo, el único mérito de Moussambani fue no ahogarse hasta llegar a la meta. En su país no había más que dos piscinas, y nunca había nadado cien metros continuos. En Sydney su marca fue de un minuto con 52 segundos, el peor registro de natación en la historia de las olimpiadas, treinta segundos más que la marca de Arnold Guttmann para la misma distancia en las Olimpiadas de Atenas, pero las del siglo XIX. De inmediato tuvo un club de fans por internet, modeló enterizos de piel de tiburón diseñados para nadadores más veloces y en una subasta alguien pagó más de 2,500 dólares por sus gafas acuáticas. Luego se mudó a España, donde se consiguió un entrenador y logró rebajar a un minuto su marca en los cien metros libres. Cuatro años más tarde, Moussambani no pudo ir a las Olimpiadas de Atenas porque las autoridades de su país habían extraviado la fotografía de su pasaporte y no lo inscribieron a tiempo. “Ha sido lo peor que me ha pasado en estos años. Me han dejado tirado. Siento que me han engañado”, declaró. Ambicioso en la derrota, ha amenazado con estar en las próximas Olimpiadas de Pekín.

Cuando Eric Moussambani aterrizó en Australia en el año 2000, fue a contemplar la piscina en la que iba a competir. Hasta llegar a las olimpiadas, nunca había visto una pileta de cincuenta metros como el Aquatic Centre de Sydney. Tenía veintidós años y era la primera vez que salía de su país. “No puedo”, le suplicó a su entrenador al ver la distancia entre el principio y el fin. La leyenda decía que apenas había aprendido a nadar meses antes en las aguas de un río infestado de cocodrilos, que de lunes a viernes se entrenaba en una piscina de veinte metros de un lujoso hotel de la capital del país africano y que los fines de semana le quedaba el río donde se jugaba la vida. Pero en Sydney la suerte iba a estar de su lado. Según un sorteo, en las eliminatorias Eric Moussambani debía competir contra Farkhod Oripov, de Tayikistán, y Karim Bare, de Nigeria, quienes habían llegado a las olimpiadas por el mismo cupo de caridad. Sus pobres tiempos de competencia les auguraban a los tres el destino de ser sólo turistas en Sydney. Estaban muy nerviosos. A Bare y Oripov les tocaban las calles tres y cuatro de la piscina olímpica por el registro de sus marcas. A Moussambani le correspondía la calle cinco: su tiempo era el peor de todos. Bare, Oripov y Moussambani subieron a la plataforma de partida y los dos primeros se lanzaron dos veces en falso, quién sabe si para evitarse la vergüenza de un mayor fracaso. Al ser descalificados por la doble falta –en eso consistía su victoria–, Moussambani se quedó solo ante la piscina (y los más de quince mil espectadores). El reglamento le exigía nadar contra sí mismo.

En Sydney 2000, cuando Moussambani nadaba por allí, Marion Jones se convirtió en la corredora más veloz del universo. Se fue de Australia con tres medallas de oro. Al día siguiente de una de sus competencias, el diario El País publicó una fotografía que la exhibía en el instante en que estaba a punto de atravesar la meta. En la foto, erguida en su potencia y velocidad, había más de un metro de distancia entre Jones y sus perseguidoras. Eso, entre los atletas de alta competición y distancias cortas, es un abismo. Debajo de esa imagen de inalcanzable, El País tituló: “Jones hace de los 200 metros un trámite.” Y en la línea siguiente, remató: “Gana con tanta autoridad que le ha restado emoción a las carreras.” Hace unos días, siete años después de aquella fotografía victoriosa, El País publicó otra en la que Jones aparecía llorosa a la salida de un juzgado. Debajo de ella, tituló: “Marion Jones, seis meses de cárcel.” La atleta ganaba sus carreras no sólo debido a sus genes, técnica y entrenamiento sino, sobre todo, porque consumía anabolizantes. Tras años de negarlo, y con un récord de dos ex esposos atletas descalificados también por actos de dopaje –el segundo de ellos Tim Montgomery, el hombre más veloz del mundo–, Jones acabó admitiéndolo a sus familiares y luego ante los jueces. Irá a prisión por mentir a los investigadores sobre su dopaje y por un caso de estafa.

Más que al mundo del deporte amateur, Eric Moussambani pertenece al del azar y la autoayuda. La comedia de Moussambani, exige un amarillismo de pop art y precauciones para no caer en la debilidad por lo freak del circo. A pesar de que es lo que menos desea, sobra compasión para él. Moussambani es la cara del perdedor perfecto. Ha inaugurado un carisma por la derrota: en su ambición de perder una competencia deportiva, confirma que las victorias son de vez en cuando un espectáculo aburrido y previsible, y que las derrotas pueden ser un espectáculo azaroso y fascinante. “El interés por lo incierto es algo que comparten el deportista y el espectador. El deporte es así una organización regulada para convertirse en una escenificación de irregularidades.” Moussambani es de algún modo una celebración del atraso, pero también del esfuerzo y la suerte determinantes en contra de esa ideología de la victoria, tan cara a los laboratorios químicos de alta competencia. ¿Cuál es el encanto de los perdedores? En Del inconveniente de haber nacido, Cioran, ese filósofo que convirtió el pesimismo en una estética y el pensamiento en un irónico lamento, sentenció: “Una sola cosa importa: aprender a ser perdedor.” Perder es fácil, pero perder como Moussambani no. Las pruebas abundan por todas partes, invisibles por su normalidad y ultrafrecuencia.

Eric Moussambani se lanzó a la piscina como pez fuera del agua y, a pesar de todo, fue un intruso ovacionado desde su partida. En Youtube hay un video de la carrera, el más visto de todos, en que unos comentaristas de la televisión francesa se burlan a carcajadas de su estilo mientras lo ven avanzar a duras penas los primeros cincuenta metros. A su regreso, en su ruta para completar los cien, la cámara acuática lo exhibe en sus braceos, a veces en forma circular como nadan los perros, y con una desesperación por conservar su cabeza afuera. Después de haberle dedicado una que otra silbatina, el público se levantó para aplaudir de pie su voluntad de llegar a la meta. No era la voluntad de un atleta olímpico sino la de un sobreviviente. Más que un nadador, Moussambani parecía un náufrago. Esa ovación fue un reconocimiento al esfuerzo de un espontáneo que había nadado casi sin saber hacerlo, los aplausos que se regalan a un niño en una tina intentando mantenerse a flote a pesar de su torpeza submarina. “Ha sido muy duro, pero lo he conseguido gracias al increíble apoyo del público, al que envío besos”, declaró al final de su exhibición como nadador a la deriva.

Cuando abandonó la piscina, Eric Moussambani ya era una estrella pop. Un día después de su hazaña, cambió su anticuado bañador celeste playero por un traje de baño de piel de tiburón. En una guerra casi instantánea entre firmas comerciales que peleaban por patrocinarlo, la marca de ropa deportiva Speedo se lo regaló. “Ahora me siento realmente rápido”, dijo. Luego denunciaría que Speedo lo engañó: le habían prometido, según él, entrenar en Florida pero al final nadie de esa compañía lo buscó. El Daily Mirror de Inglaterra le concedió una medalla de oro en nombre de todos sus lectores. Moussambani se convirtió en un fenómeno oscilante entre la admiración por un sobreviviente y el carisma de un derrotado. Había una fiebre por ofrecerle todo. Conmocionado por la curiosidad y el asedio que había despertado, se le ocurrió crear su propia página web y ponerla en venta a un precio de cincuenta millones de dólares más la construcción de una piscina olímpica en Malabo, la capital de Guinea. Nadie le hizo caso, al parecer. En una entrevista, Eric Moussambani dijo haber sido humillado en un programa de la televisión alemana, donde lo pusieron a competir con una anciana ex campeona de natación que iba camino a los noventa años. Su historia siguiente era previsible. Si no fue un ganador en la natación ni en el resto de su vida, al menos hizo ganar a otros con su historia. “¿Hay algo menos profesional que un nadador que no sabe nadar?”, se preguntaba Eloy Serrano en “Estilo libre”, un cuento que narra la triste hazaña de Moussambani y que ganó el premio Idioma y Deporte. “Si llego a ser bueno, la gente no se fijará en mí”, dijo antes de prepararse para las Olimpiadas de Atenas. Y nunca fue.