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9.9.08

Cuando llegue el amanecer

pero eso sí! -y en esto soy irreductible
- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
(Oliverio GirondoEspantapájaros)


Hay noches en que te vivo Campanita, en las que eres un hada, que me seduce, que cruza el umbral de mi habitación, con ese camisón tan desquiciante, que me tienta, y me empaña de deseo. Y es que el tallado de tus senos provoca en mi, todo tipo de sensaciones-puñal. Empapado en sudor reclino mis dedos que delicados danzan en tus piernas y se arrastran presurosos, crujientes, inquietos, a tus selvas-explosivas. Mis labios, desconcertados, tímidos, implacables, se arrastran por tus muslos infranqueables, cadenciosos, y muy despacio se alojan en el mar de tu deseo, arrancándote murmullos-quejidos, y con la irresponsable crueldad de mi lengua-huracán, provoco la caída de tus diques, e incontenibles las brasas de placer te inundan.


(Marcus Arns - Körperlandschaft)


Cuando considero la corta duración de mi vida, absorbida en la eternidad precedente y siguiente —memoria hospitis unius diei praetereuntis—, el pequeño espacio que ocupo e incluso que veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto y me asombro de verme aquí y no allí, porque no existe ninguna razón de estar aquí y no allí, ahora y no en otro tiempo. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y voluntad de quién este lugar y este tiempo han sido destinados a mí?
(Pascal)

Y tú abajo, viajando aquí conmigo,
profundamente sola.
Solos los dos,
en un absurdo mundo de nostalgia
y de miedo,
tú en tu encierro de nubes
y madera,
yo en la prisión de mi flaqueza.

(Oscar Cerruto)


Wendy, hay días en los que te siento. Comparto tu realidad, y junto a ti me doy cuenta que es difícil crecer. Que a cada momento, la vida va convirtiéndote en adulta, que se te hace más difícil volar, y que ya no puedes perderte tan seguido en la tierra de Nunca Jamás, donde compartíamos el implacable deseo de aventurarnos en mares con sirenas, y barcos de piratas. Ya tus vestidos de niña no te quedan, y las muñecas las has guardado. Te toca ir a la oficina, y cuando llegas a casa, siempre te sacudes el barro de los zapatos. Sonríes en la calle, mientras compras la última edición de la biografía del Che Guevara, que mantiene ese idealismo que siempre ha vivido en vos, ese deseo que cala muy dentro tuyo, que te empuja a romper las ventanas, y buscar una salida, y lanzarte a cambiar el mundo, y volar nuevamente, como sólo vos lo sabes hacer, inundando las praderas con tu desnudez.


Muchacha pechos de miel,
no corras más. Quédate hasta el día.
Duerme un poco y yo entretanto construiré
un castillo con tu vientre hasta que el sol,
muchacha, te haga reír
hasta llorar, hasta llorar.
(Spinetta Muchacha Ojos de Papel)


Y me quedo mirando al espejo, y no sé si soy el niño que siempre he sido, o si ahora debo usar corbata. Sin pensarlo tanto me acomodo en el sofá mientras escribo cartas que nunca mandare. Y trato de construir realidades en las que puedo, nuevamente, ser Peter Pan. Aunque no pueda ocultar los kilos que traigo encima, y los pantalones de licra han sido vetados por el pudor. Me detengo. Pongo el disco de Spinetta, y salgo al balcón, ajusto bien mi cinturón, y vuelo a tus pies, para besarte entera, y morderte los muslos mientras mi mano invade tu espalda. Voy desenvolviéndote las alas mientras te quito la ropa, y apresurado acaricio tus pechos. Extiendes tus alas y excitada, presionas mi nuca, y pretendes que en mi boca se sofoque el incendio que he causado en el volcán de tus pezones. Partimos los dos, tu Wendy-Campanita, yo un pinche Peter Pan, a inundarnos en sudor, a navegar en el placer. Tenemos algunas horas para que nuestros cuerpos exploten en sus nunca jamás, y despertare a tu lado, cuando llegue el amanecer.