8.4.08

Fábula del perdedor perfecto

Aquí les dejo algo que edite de un artículo, bastante más largo, de Julio Villanueva Chang, que leí en Letras Libres. Les recomiendo leerse todo el artículo, y también visitar Letras Libres, que es una revista más que excelente, especialmente ahora que pronto se vienen las Olimpiadas en Beijing (que en castellano seguimos llamando Pekin, aunque en realidad el nombre debería ser Peichin). Me gustan este tipo de relatos… llenos de imágenes y detalles. Al final que nos queda… sino, nadar contra nosotros mismos… y resistir…

Eric Moussambani, un nadador de estilo libre de Guinea Ecuatorial, perdió en las Olimpiadas de Sydney 2000 en una carrera de cien metros en la que nadó sin ningún competidor. Había llegado hasta allí luego de haber ganado una competencia en su país y por uno de esos cupos de caridad que el comité olímpico internacional reserva para deportistas de países pobres. En esa competencia contra sí mismo, el único mérito de Moussambani fue no ahogarse hasta llegar a la meta. En su país no había más que dos piscinas, y nunca había nadado cien metros continuos. En Sydney su marca fue de un minuto con 52 segundos, el peor registro de natación en la historia de las olimpiadas, treinta segundos más que la marca de Arnold Guttmann para la misma distancia en las Olimpiadas de Atenas, pero las del siglo XIX. De inmediato tuvo un club de fans por internet, modeló enterizos de piel de tiburón diseñados para nadadores más veloces y en una subasta alguien pagó más de 2,500 dólares por sus gafas acuáticas. Luego se mudó a España, donde se consiguió un entrenador y logró rebajar a un minuto su marca en los cien metros libres. Cuatro años más tarde, Moussambani no pudo ir a las Olimpiadas de Atenas porque las autoridades de su país habían extraviado la fotografía de su pasaporte y no lo inscribieron a tiempo. “Ha sido lo peor que me ha pasado en estos años. Me han dejado tirado. Siento que me han engañado”, declaró. Ambicioso en la derrota, ha amenazado con estar en las próximas Olimpiadas de Pekín.

Cuando Eric Moussambani aterrizó en Australia en el año 2000, fue a contemplar la piscina en la que iba a competir. Hasta llegar a las olimpiadas, nunca había visto una pileta de cincuenta metros como el Aquatic Centre de Sydney. Tenía veintidós años y era la primera vez que salía de su país. “No puedo”, le suplicó a su entrenador al ver la distancia entre el principio y el fin. La leyenda decía que apenas había aprendido a nadar meses antes en las aguas de un río infestado de cocodrilos, que de lunes a viernes se entrenaba en una piscina de veinte metros de un lujoso hotel de la capital del país africano y que los fines de semana le quedaba el río donde se jugaba la vida. Pero en Sydney la suerte iba a estar de su lado. Según un sorteo, en las eliminatorias Eric Moussambani debía competir contra Farkhod Oripov, de Tayikistán, y Karim Bare, de Nigeria, quienes habían llegado a las olimpiadas por el mismo cupo de caridad. Sus pobres tiempos de competencia les auguraban a los tres el destino de ser sólo turistas en Sydney. Estaban muy nerviosos. A Bare y Oripov les tocaban las calles tres y cuatro de la piscina olímpica por el registro de sus marcas. A Moussambani le correspondía la calle cinco: su tiempo era el peor de todos. Bare, Oripov y Moussambani subieron a la plataforma de partida y los dos primeros se lanzaron dos veces en falso, quién sabe si para evitarse la vergüenza de un mayor fracaso. Al ser descalificados por la doble falta –en eso consistía su victoria–, Moussambani se quedó solo ante la piscina (y los más de quince mil espectadores). El reglamento le exigía nadar contra sí mismo.

En Sydney 2000, cuando Moussambani nadaba por allí, Marion Jones se convirtió en la corredora más veloz del universo. Se fue de Australia con tres medallas de oro. Al día siguiente de una de sus competencias, el diario El País publicó una fotografía que la exhibía en el instante en que estaba a punto de atravesar la meta. En la foto, erguida en su potencia y velocidad, había más de un metro de distancia entre Jones y sus perseguidoras. Eso, entre los atletas de alta competición y distancias cortas, es un abismo. Debajo de esa imagen de inalcanzable, El País tituló: “Jones hace de los 200 metros un trámite.” Y en la línea siguiente, remató: “Gana con tanta autoridad que le ha restado emoción a las carreras.” Hace unos días, siete años después de aquella fotografía victoriosa, El País publicó otra en la que Jones aparecía llorosa a la salida de un juzgado. Debajo de ella, tituló: “Marion Jones, seis meses de cárcel.” La atleta ganaba sus carreras no sólo debido a sus genes, técnica y entrenamiento sino, sobre todo, porque consumía anabolizantes. Tras años de negarlo, y con un récord de dos ex esposos atletas descalificados también por actos de dopaje –el segundo de ellos Tim Montgomery, el hombre más veloz del mundo–, Jones acabó admitiéndolo a sus familiares y luego ante los jueces. Irá a prisión por mentir a los investigadores sobre su dopaje y por un caso de estafa.

Más que al mundo del deporte amateur, Eric Moussambani pertenece al del azar y la autoayuda. La comedia de Moussambani, exige un amarillismo de pop art y precauciones para no caer en la debilidad por lo freak del circo. A pesar de que es lo que menos desea, sobra compasión para él. Moussambani es la cara del perdedor perfecto. Ha inaugurado un carisma por la derrota: en su ambición de perder una competencia deportiva, confirma que las victorias son de vez en cuando un espectáculo aburrido y previsible, y que las derrotas pueden ser un espectáculo azaroso y fascinante. “El interés por lo incierto es algo que comparten el deportista y el espectador. El deporte es así una organización regulada para convertirse en una escenificación de irregularidades.” Moussambani es de algún modo una celebración del atraso, pero también del esfuerzo y la suerte determinantes en contra de esa ideología de la victoria, tan cara a los laboratorios químicos de alta competencia. ¿Cuál es el encanto de los perdedores? En Del inconveniente de haber nacido, Cioran, ese filósofo que convirtió el pesimismo en una estética y el pensamiento en un irónico lamento, sentenció: “Una sola cosa importa: aprender a ser perdedor.” Perder es fácil, pero perder como Moussambani no. Las pruebas abundan por todas partes, invisibles por su normalidad y ultrafrecuencia.

Eric Moussambani se lanzó a la piscina como pez fuera del agua y, a pesar de todo, fue un intruso ovacionado desde su partida. En Youtube hay un video de la carrera, el más visto de todos, en que unos comentaristas de la televisión francesa se burlan a carcajadas de su estilo mientras lo ven avanzar a duras penas los primeros cincuenta metros. A su regreso, en su ruta para completar los cien, la cámara acuática lo exhibe en sus braceos, a veces en forma circular como nadan los perros, y con una desesperación por conservar su cabeza afuera. Después de haberle dedicado una que otra silbatina, el público se levantó para aplaudir de pie su voluntad de llegar a la meta. No era la voluntad de un atleta olímpico sino la de un sobreviviente. Más que un nadador, Moussambani parecía un náufrago. Esa ovación fue un reconocimiento al esfuerzo de un espontáneo que había nadado casi sin saber hacerlo, los aplausos que se regalan a un niño en una tina intentando mantenerse a flote a pesar de su torpeza submarina. “Ha sido muy duro, pero lo he conseguido gracias al increíble apoyo del público, al que envío besos”, declaró al final de su exhibición como nadador a la deriva.

Cuando abandonó la piscina, Eric Moussambani ya era una estrella pop. Un día después de su hazaña, cambió su anticuado bañador celeste playero por un traje de baño de piel de tiburón. En una guerra casi instantánea entre firmas comerciales que peleaban por patrocinarlo, la marca de ropa deportiva Speedo se lo regaló. “Ahora me siento realmente rápido”, dijo. Luego denunciaría que Speedo lo engañó: le habían prometido, según él, entrenar en Florida pero al final nadie de esa compañía lo buscó. El Daily Mirror de Inglaterra le concedió una medalla de oro en nombre de todos sus lectores. Moussambani se convirtió en un fenómeno oscilante entre la admiración por un sobreviviente y el carisma de un derrotado. Había una fiebre por ofrecerle todo. Conmocionado por la curiosidad y el asedio que había despertado, se le ocurrió crear su propia página web y ponerla en venta a un precio de cincuenta millones de dólares más la construcción de una piscina olímpica en Malabo, la capital de Guinea. Nadie le hizo caso, al parecer. En una entrevista, Eric Moussambani dijo haber sido humillado en un programa de la televisión alemana, donde lo pusieron a competir con una anciana ex campeona de natación que iba camino a los noventa años. Su historia siguiente era previsible. Si no fue un ganador en la natación ni en el resto de su vida, al menos hizo ganar a otros con su historia. “¿Hay algo menos profesional que un nadador que no sabe nadar?”, se preguntaba Eloy Serrano en “Estilo libre”, un cuento que narra la triste hazaña de Moussambani y que ganó el premio Idioma y Deporte. “Si llego a ser bueno, la gente no se fijará en mí”, dijo antes de prepararse para las Olimpiadas de Atenas. Y nunca fue.


3 comentarios:

La Vero Vero dijo...

¡Plop! ¿Y esto qué es? No conforme con que sea las dos de la mañana, lo posteas. Lo digo por que en el fondo tiene una profundidad filosófica-vivencial más intensa de la que podemos descifrar de entrada. La victimización es evidente, la industria del espectáculo lo es más. No es acaso toda la trama armada, sumadas las respuestas de Moussambani un show, más, bicontinental de ¿Cristina? O de ¿Laura Bozo? Digamos. El asunto es que se hicieron las interpretaciones equivocadas, el nadador sería funcional mientras esté fuera de su país. Cuando pidió lo único coherente que podía pedir, es decir la piscina; desapareció. Ya la sociedad lastimera lo había consumido criticando el régimen y la pobreza de su país; una vez consumido no sirve mucho, digamos como para hacerle...una piscina en su propio país.

Insisto, que escrito más complicado. Saludos!!!

Utopía dijo...

"El que persevera triunfa" pero para no ser tan cursis..."el que sigue, consigue", o, mejor aún:

...en tanto me busques, llegarás a mi, aunque así no sea...

utópico dijo...

Vero, el artículo es como bien notas, bastante complicado… hay muchísima tela que cortar… y es difícil hacerlo aquí. Creo que ante todo el autor trata un poco de exponer el mundo del espectáculo, en el que hasta el deporte se ha vuelto eso, un show. Y bueno, lo encarnizado de nuestra realidad… ¿se juega para ganar?... ¿Quiénes ganan? ¿Qué te hace ganador-a? ¿Qué te hace perdedor, si existe tal cosa…?
No se… muchísima tela que cortar… es mejor dejarlo ahí flotando en tu cabeza… y luego cuando cuaje… hablar al respecto… es un poco más de información… para una charla de dos pesos…
Saludos!!

Utopía, aunque así no sea… pero llegaré a ti, puedes estar segura de eso. Una coordenada bastara… la estaré esperando… se que vendrá cifrada… la seguiré hasta llegar a ti. Saludos cursis!!